Las Lecciones de la Naturaleza

/ 12.05.2011

LAS LECCIONES DE LA NATURALEZA

Fernando Nájera

 

Cuando hace un par de meses nos sorprendió el terremoto y posterior tsunami de Japón con las consecuencias por todos conocidas, sobre todo aquellas relacionadas con la cuestión nuclear, un escalofrío nos recorrió el cuerpo y nos mantuvo relativamente preocupados durante varias semanas, sin embargo enseguida echamos mano de los más variados argumentos para desvincularnos de ese problema, aduciendo que España no está en una zona de tanto riesgo sísmico, que el Mediterráneo no es tan profundo como el Pacifico o que nuestras centrales nucleares están más alejadas del mar.

Nos empezábamos a olvidar de la lección de Japón cuando la tierra tembló en Lorca y si bien la magnitud de la catástrofe fue mucho menor, la cercanía de la misma fue tal que también hubo momentos en los que nos sentimos implicados y en cierta medida “vimos las orejas al lobo”.

Ambos episodios, como otros muchos que tienen lugar cotidianamente en cualquier parte del mundo, han ido perdiendo relevancia informativa con el paso del tiempo y dentro de pocos meses sólo los recordarán aquellos que los vivieron directamente, cuyas vidas quedarán marcadas para siempre.

Sin embargo estos dos acontecimientos y muchos otros de menor envergadura o más distantes, nos deberían hacer reflexionar y antes de que las causas que los propiciaron caigan definitivamente en el olvido nos tendrían que ayudar a extraer consecuencias que nos ayudasen a convivir en mayor armonía con nuestro entorno.

  • La primera y más obvia de las lecciones que deberíamos aprender es que todavía estamos muy lejos de haber domeñado la naturaleza y que en cualquier momento ésta se puede revelar y desmoronar nuestros más sólidos planteamientos.
  • La segunda es que a pesar de lo manifestado más arriba, no nos debemos abandonar. Por el contrario hay que seguir trabajando para hacer las cosas mejor de modo que las convulsiones
  • En tercer lugar, deberíamos comprender que nuestra lucha debe hacerse en un marco de respeto y simbiosis con la naturaleza y no contra ella.

De acuerdo con estas premisas deberíamos plantearnos con mucho más rigor cuestiones como. ¿qué construimos?, ¿cómo? o ¿dónde? o ¿Qué energía nos interesa fomentar y en qué condiciones? o ¿Qué recursos y en qué circunstancias los podemos utilizar? Sólo de este modo podremos evitar desastres como los derivados de terremotos, inundaciones, incendios, volcanes o plagas o de vernos privados en un futuro no muy lejano de materias primas que hoy podemos estar malgastando.

En definitiva, no debemos renunciar al progreso pero debemos analizar cada uno de nuestros pasos, tanto para evitar situaciones irreversibles, como para propiciar nuestra convivencia con otras especies y no sólo desde un punto de vista altruista por entenderlas como cotitulares del planeta en el que vivimos, como desde una perspectiva más egoísta al considera los beneficios que nos puedan proporcionar en el futuro.

En este sentido nos deberíamos plantear si el modelo en el que se apoya nuestra sociedad, de crecimiento indefinido e irreflexivo, basado en el consumo, cuando no en la destrucción de recursos naturales es susceptible de ser mantenido mucho más tiempo y en todo caso si nos merece la pena hacerlo.

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