Turismo y Medio Ambiente

/ 05.03.2014

Turismo y Medio Ambiente

 Fernando Nájera

 

El Turismo como cualquier otra actividad económica se sustenta en la explotación de un recurso que en este caso es en gran medida de carácter ambiental o cultural.

opinion-turismo1Como en otros ámbitos de la economía cuando se detecta un recurso y se vislumbra un mercado potencial para éste, se establecen los mecanismos oportunos para poner ambas partes de la ecuación en contacto y tratar de dotar de un valor económico a ese recurso, de modo que tanto los titulares de aquel como los futuros usuarios del mismo obtengan beneficios mutuos.

De este modo, los habitantes de un valle alpino ofrecen las laderas nevadas de sus montañas a los ciudadanos ávidos por practicar deportes de invierno y se produce lo mismo cuando los “aventureros europeos” se van de safari por las sabanas africanas o cuando visitamos los tesoros artísticos de París o Roma.

En principio cada vez que un recurso turístico (paisaje, cultura, gastronomía, deporte) se pone en valor se debería establecer un equilibrio entre los intereses de los titulares del mismo, los turistas o sus prescriptores y el recurso propiamente dicho ya que de ello depende que esa riqueza se mantenga en el tiempo, o como se diría hoy en día que sea sostenible.

Sin embargo esto no ocurre siempre y en nuestro propio país rico donde los haya en recursos naturales hemos roto esa armonía en relación con uno que tan sólo hace unas décadas parecía inagotable como es el sol y la playa que está siendo tan mal tratado que corremos un riesgo cierto de si no perderlo, si devaluarlo hasta tal punto que con independencia de los quebrantos ambientales, muchos de ellos ya irreversibles, la propia actividad turística desvinculada ya de aquellos valores que la propiciaron descienda drásticamente de categoría, con la consiguiente rebaja de los ingresos económicos.

opinion-turismo2Paradigma de esta situación es lo ocurrido en la costa mediterránea y en concreto en la Manga del Mar Menor. En los años 60 nos percatamos de que teníamos a nuestros pies una lengua d tierra que se internaba en el mar proporcionando 20Km de playas y dunas únicas en el mundo. Como consecuencia se llevan a cabo unas primeras construcciones y una carretera que daba acceso a las mismas. Ante el éxito de esa primera etapa y la excelencia de los recursos se continúa la urbanización rellenando los huecos que se dejaron libres en los primeros momentos. La carretera ya no es suficiente y se hizo necesaria su conversión en autovía, el suelo se encarece y las torres aisladas o las viviendas unifamiliares se sustituyen por filas de bloques compactos que no dejan espacio alguno a aquellos valores por los que el turismo acudió a allí.

Han pasado 40 años y aquel paisaje de dunas se ha sustituido por otro urbano de edificios que flaquean una autovía generadora de ruido, atascos, aglomeraciones y malo olores y los primeros turistas procedentes del norte de Europa que fueron capaces de desplazarse miles de kilómetros para disfrutar de las bondades de un lugar tan singular se han marchado, refugiándose en lugares menos idílicos y por tanto menos codiciados.

El recurso era tan formidable y generó tanta demanda que murió de éxito, ya no existe, ahora es otro distinto de mucha menor calidad y que por lo visto no parece que se tenga la intención de recuperar puesto que los desmanes han continuado cuando ya se era consciente del problema.

Si los tesoros naturales los tratamos de este modo, es preferible que sigan ocultos hasta que sepamos cómo gestionarlos y disfrutar de ellos sin que ello suponga su destrucción.

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